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- Las buenas conciencias electorales, Mauricio Merino

Mauricio Merino

Las buenas conciencias electorales

10-junio-2009  El  Universal

Estamos enojados con la clase política que nos gobierna. Estamos ofendidos, pues no sólo han sido incapaces de entender y resolver los problemas principales del país, sino que se han repartido dinero a manos llenas y, con una frecuencia vergonzante, han asumido actitudes tan irresponsables como deleznables en el ejercicio de sus atribuciones. A veces dan ganas de arrojarles zapatos en sus conferencias. Dan ganas de echarles a perder su fiesta electoral: de lograr que cada voto se vuelva una mentada y darles la espalda colectiva.

Pero me pregunto si, más allá de ese estallido adolescente y furibundo, tiene algún sentido democrático la campaña desplegada a favor del voto nulo. Si vale la pena convocar a no elegir, porque nadie se merece nada: ningún partido, ningún candidato, ningún político, pues según esa campaña todos son exactamente iguales. Y nosotros, sin ninguna duda (añadiría ese movimiento, entre líneas), somos moralmente mejores. Tanto, que hemos decidido defender la democracia convocando al voto, pero sin partidos, sin candidatos, sin políticos. Una democracia ideal, incluso idílica, en la que solamente habría una sociedad civil articulada, sin diferencias, idéntica a sí misma y muy participativa. Lo malo de la democracia es que hay partidos; lo malo de las elecciones es que hay que elegir entre ellos.

De otro lado, veo que el alcance y el tono desplegado alrededor de esta campaña complace mucho a quienes se han opuesto, de manera obstinada y sistemática, al régimen de partidos que arrojó la transición y al modelo de competencia política que generó la última reforma electoral. Es cierto que tampoco son un coro griego y que entre ellos también hay diferencias (a despecho de su situación en el terreno de la sociedad civil). Pero las televisoras no le han hecho malos ojos a la idea de poner el pie a los partidos, con la esperanza de que sus tropiezos les devuelvan el dinero y la influencia política que les arrebataron en 2007. Mientras más agravios haya en contra de la democracia partidaria, mientras más fracasos se acumulen en su desempeño, mejores noticias habrá para los poderes fácticos. Es una ecuación muy simple. Y más todavía cuando el movimiento que llama a boicotear las elecciones y vulnerar al sistema de partidos no nació (como de hecho ha sucedido antes) entre las filas del EZLN o del EPR o incluso de López Obrador, sino de las buenas conciencias de nuestra clase media acomodada.

Y por lo demás, no sólo hay datos que nos dicen, obstinadamente, que la mayoría de los electores sigue teniendo preferencias claras por algún partido (apenas ayer este diario nos decía que cerca de 75% de los electores ya decidió a quién le otorgará su voto), sino que además el sistema legal electoral no registrará las distintas modalidades de anulación del voto que han previsto los airados promotores de esta convocatoria. Lo mismo dará tachar toda la boleta que escribir una mentada, que votar por doña Esperanza Marchita o poner una leyenda que diga: Así no. Todos esos votos serán nulos por igual y así se consignarán en las actas posteriores.

Peor aún: mientras más votos nulos haya, mayor será la votación total emitida. Y es este dato (todos los votos emitidos, sin excepción) el que sirve para calcular el porcentaje que deben obtener los partidos emergentes que quieren quedarse en la contienda. Una vez calculado ese dato, si algún partido no logra el 2% mínimo para conservar su registro, todos sus votos y todos los nulos se restarán, así nomás, para establecer la llamada votación nacional emitida, a partir de la cual se reparten las curules de representación proporcional. Dicho de otro modo: mientras más votos nulos haya, mejor será para los partidos grandes. Aumenta su probabilidad de quitarse competidores y, al mismo tiempo, de obtener un mayor número de asientos en la Cámara de Diputados.

Los militantes de la anulación del voto nos han dicho, una y otra vez, que solamente quieren expresar su incomodidad con la situación en la que estamos. Que no quieren contradecir la democracia. Y no sólo han logrado que durante varios días su propuesta haya sido motivo de debate (con lo cual ya ganaron lo fundamental), sino que probablemente las elecciones de 2009 serán recordadas luego por esta campaña, en particular. Haiga sido como haiga sido, su indignación ya tuvo efecto y puede ser que, a la postre, tenga aún más éxito.

Por mi parte, me gustaría mucho que fueran menos optimistas y menos complacientes con su posición. Y me encantaría que, después de este movimiento, enarbolaran otro a favor de la rendición de cuentas de los poderosos hacia los ciudadanos y del rescate de los espacios públicos que las oligarquías, los oligopolios y las buenas conciencias que los acompañan nos han arrebatado.

Profesor investigador del CIDE

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