- Del voto útil al voto anulado, Epigmenio Carlos IbarraDel voto útil al voto anuladoEpigmenio Carlos Ibarra2009-06-12•Acentos Cuando escucho y leo los argumentos de muchos de los intelectuales que promueven la anulación del voto en los próximos comicios intermedios, no puedo dejar de pensar en aquella otra tan bien intencionada como lamentable iniciativa: el voto útil. Como lo que sucedió en aquel entonces mucho me temo que hoy, lo que aparenta ser una buena medida, resultado de un razonable y comprensible hartazgo ante la ineptitud de nuestra clase política, terminará por conducirnos a otro descalabro histórico. En el 2000 y con el pretexto de apresurar y asegurar la transición democrática muchos electores con las mejores intenciones apostaron, más allá de los principios y de toda consideración programática, a quien, con estridencia, prometía sacar al PRI de Los Pinos. Muchos dentro de la propia izquierda electoral y en los sectores más progresistas de la sociedad decidieron, muy pragmáticamente, no entregar el voto al candidato –Cuahutemoc Cárdenas– que representaba esa corriente de pensamiento. Lo importante era ganar, pensaron. El cambio verdadero habría que hacerlo después. En una sola cosa no se equivocaron quienes quisieron hacer del suyo un “voto útil”: Vicente Fox, en efecto, se alzó con la victoria y sacó al PRI de Los Pinos pero sólo para dejarlo entrar por la puerta trasera y entregarle a los mismos de siempre la conducción económica del país, poner a la nación de rodillas frente a los poderes fácticos y superar, en corrupción y malas mañas, a los más execrables representantes del antiguo régimen. Acción kamikaze resultó a la postre querer garantizar el salto de México a la democracia. Pero esos, los apóstoles del voto útil y sus seguidores, no sólo cargan hoy con la vergüenza de haber contribuido a llevar a un charlatán, a un payaso de la calaña de Fox a la Presidencia. Qué va. Se trata de que aún hoy pesa sobre sus hombros la responsabilidad compartida, que al cruzar la boleta por la llamada “alianza por el cambio”, en el daño profundo y estructural que Fox y sus cómplices infringieron al proceso de transición democrática en México y por tanto al bienestar y a los anhelos de justicia, seguridad y libertad de las grandes mayorías. Que la clase política hoy no sirva para nada y haya muchos ciudadanos bien intencionados que, con la anulación de su voto, quieran darle una patada en el trasero y deshacerse de ella es resultado precisamente de la traición de Vicente Fox. Traición que alcanza su máxima expresión cuando Fox y sus cómplices en el aparato gubernamental, la jerarquía eclesiástica y los poderes fácticos se entrometen ilegalmente, ante la indiferencia de la autoridad electoral y con la anuencia de las dirigencias de los partidos políticos, en las elecciones presidenciales del 2006. Justo en ese momento, cuando el botín mal habido se reparte, arranca el proceso de descomposición de la clase política; unos se quiebran a otros, los poderes fácticos, o los quiebran o los desprestigian. Poco o nada queda en pie y herida, al parecer de muerte, tenemos a nuestra incipiente democracia. Los votos útiles sirvieron para muy poco; apenas para que sólo seis años después el voto –que ni se emitió libremente, ni se contó uno por uno– dejara de tener valor y los políticos y los partidos que toleraron la traición a la democracia apenas conquistada también. Nacido, como millones, con la pesada lápida del régimen autoritario en la espalda, jamás voté ¿Para qué hacerlo si el PRI y sus jerarcas se burlaban cínicamente de la gente en cada farsa electoral? Fue sólo después de terminada la guerra en El Salvador, cuando regresé a México, iluminado por la lección de ese pueblo que daba una oportunidad a la democracia y cambiaba balas por votos, que me decidí a empadronarme y acudí, por primera vez, a las urnas. Lo hice además convencido de que la fuerza de los movimientos sociales y en especial la insurrección zapatista del 94 habían forzado al sistema a decretar una reforma política de fondo que, por primera vez, ponía en manos ciudadanas la autoridad electoral y eso abría al menos una esperanza. Por la paz, pensé, para que no se rompa, para que cobren sentido las miles de muertes que ha costado la lucha por la libertad y la justicia en nuestro país, hay que votar. Aun hoy pienso lo mismo. El país se nos deshace entre las manos y el dilema, insisto, no es qué hacemos con la boleta, qué frase escribimos en ella, sino si seguimos utilizándola como herramienta para garantizar la paz, para cambiar el país o decidimos, pero ya, hacerlo de otra manera. Sé que hay muy pocos entre los candidatos, menos todavía entre los partidos, que resultan dignos y confiables y merecen ser votados por la ciudadanía. Sé que aun los buenos traicionan y los mejores se corrompen pero prefiero no caer en la desesperanza que, con tanta frecuencia, abre la puerta a charlatanes y dictadores. O se hace política, con elecciones, o se hace, como decía Clausewitz, por otros medios. Inutilizar la boleta es, me parece, tan peligroso como fue en el pasado reciente querer hacer útil el voto. Los miembros de la clase política, más todavía los que gobiernan, ni aceptan compromisos con votantes ingenuos, ni entienden mensajes líricos; si se les quiere dar una lección votemos contra unos y forcemos a los otros, en la calle, movilizándonos, a cumplir y a cambiar, a honrar en fin su compromiso y devolver la dignidad a su tarea. |
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